Educación de la Sexualidad(es) en un mundo interconectado (II): el papel de las familias

Por Mª del Mar Padrón Morales.

Si en la entrada anterior comentábamos que las tres grandes finalidades de la Educación Sexual son conocerse, aceptarse y tener satisfacción, cuando hablamos de educación de las sexualidades podemos afirmar que las actitudes, valores, normas y conocimientos vitales más significativos tienden a aprenderse casi siempre de forma experiencial. Lo más importante no es, en numerosas ocasiones, aquello en lo que programadamente se instruye a niños, niñas y jóvenes (educación formal), sino los mensajes implícitos, el lenguaje, los gestos, los modelos que ofrecemos, a qué les incitamos o qué les reprobamos, etc., todo aquello que sucede sin que nos demos verdadera cuenta de ello. Esto es lo que se conoce como “educación incidental”, espontánea o no intencional. Los aspectos más importantes de los que depende la forma de vivir la sexualidad de cada persona se aprenden por esta vía: la aceptación del propio cuerpo (identidad sexual), la aceptación de la orientación sexual, la adquisición de roles de género, la actitud positiva o negativa hacia los estímulos y conductas sexuales (por ejemplo, la masturbación), la seguridad o inseguridad emocional, la capacidad para expresar ternura en las relaciones, los estilos e instrumentos de la comunicación íntima… no se aprenden a través de la educación sexual programada (en el ámbito educativo o no), sino principalmente en la experiencia relacional con familias, iguales, amistades, medios sociales y a través de los modelos que observamos a lo largo de nuestra vida.

Es decir, el papel de las familias en el desarrollo de las sexualidades y en la Educación Sexual es fundamental. Pero, ¿cómo hacer educación sexual?. Lo primero que tenemos que señalar es que educar la sexualidad es permitir que ésta se desarrolle y se exprese. La esencia de la educación sexual en las familias es el diálogo a través de la verdad, la espontaneidad y la naturalidad, el respeto y la creación de un clima de confianza y seguridad que permita la expresión de la natural curiosidad de chicas y chicos por estos temas desde que nacen. La Educación Sexual es un proceso lento y gradual cuyo objetivo básico es posibilitar que cada persona viva su sexualidad de forma positiva, esto es, de forma sana, feliz y responsable.

Algunas cuestiones que nos parecen importantes en este proceso son las siguientes:

  • Revisemos nuestra forma de pensar y vivir la sexualidad, nuestros valores y actitudes al respecto. Para educar en las sexualidades no es necesario “ser enciclopedias”. Pero será muy difícil abordar cuestiones o situaciones espontáneas que se den con niños y niñas si nuestras actitudes ante la sexualidad son negativas o “reduccionistas”. Lo importante, el talante.
  • Lo más importante es que aceptemos a nuestros hijos e hijas y les queramos tal y como son, que les ofrezcamos afecto y cuidados incondicionales. Esto les hará sentirse seguras/os y con confianza, queridas/os y, por tanto, personas valiosas. Esta es la base de la autoestima, que es el elemento central de una sexualidad positiva. Sobre esta confianza y seguridad básica se asienta el aprendizaje más importante: convencerse de que es posible querer y ser querido/a, que los vínculos afectivos existen y pueden ser preciosos, que la vida tiene sentido. Así, cuando sean mayores, podrán abrirse a otras personas, atreverse a tener relaciones amorosas, saber amar y recibir amor.
  • Nuestras hijas e hijos recibirán educación sexual, se quiera o no. Por eso mismo, para que seamos fuentes de confianza, estemos disponibles y seamos personas comunicativas, cercanas, cálidas y cariñosas. Cuando se ha disfrutado de este tipo de comunicación y confianza, resulta más fácil a hijos e hijas pedir ayuda, contar penas y alegrías, hacer preguntas, etc.. Y si hemos desarrollado la sana costumbre de hablar de la temática desde siempre, más adelante, cuando se planteen situaciones que nos puedan parecer más “conflictivas” o “delicadas”, ya tendremos entrenamiento.
  • Incluso si no decimos palabra, estamos educando. Por eso es importante ofrecer, en nuestra forma de ser y en nuestras relaciones de parejas, modelos positivos (igualitarios, éticos y solidarios). Hijas e hijos aprenden directamente de las familias cómo son los hombres y las mujeres, cómo se tratan, cómo se quieren, cómo se cuidan… La falta de respeto, la mala educación, la discriminación (aunque sea sutil)… son los peores ejemplos en muchos aspectos, fundamental en cuanto a la educación sexual.
  • Aceptemos y tratemos por igual a hijos e hijas, aunque dándoles a cada cual su propia identidad, ofreciéndoles las mismas oportunidades sin establecer discriminaciones ni valoraciones comparativas. De todas maneras, fomentemos la empatía y la ética del cuidado en los chicos, y el valor de la autonomía en las chicas: mujeres y hombres se relacionarán de una manera más sólida y se tratarán como iguales, evitando que la mujer sea “menos que” y el hombre “más que”, lo que conllevará (en un futuro) al respeto en el hogar, en las relaciones de parejas y en las relaciones laborales.
  • Cuando no respondemos a las preguntas que sobre sexualidad nos hacen, les respondemos con evasivas, hacemos gestos de reprobación, criticamos o nos reímos de las preguntas; cuando reprobamos con gestos, palabras o castigos las manifestaciones de la sexualidad infantil y adolescente; cuando evocamos maliciosamente la sexualidad en los chistes verdes; cuando hacemos comentarios inadecuados ante determinadas escenas de la televisión o de la vida real, cuando permitimos y usamos un lenguaje sexista y/o homófobo, etc., estamos haciendo educación sexual, negativa en este caso.
  • Aprovechemos cualquier ocasión que se dé y busquemos oportunidades para darles informaciones básicas. Por eso hay que crear espacios de disfrute y diálogo distendido en las familias. Cualquier ocasión, cualquier excusa será válida para actuar educativamente, buscando ayuda e información si fuera preciso. Si queremos que tengan confianza, aprendamos a escucharles sin juzgarles. Y si no preguntan y hasta rechazan hablar de estos temas (por otra parte, habitual en determinadas etapas del desarrollo), no hay que dejarles de hablar sobre ellas. A veces, también puede servir una nota escrita, un libro sobre el tema como regalo, o sugerirles sitios educativos en internet.
  • No nos dé miedo a sentir vergüenza, a no saber lo suficiente. Lo que más valoran chicas y chicos es la honestidad, “hablar de estas cosas me cuesta, pero quiero que tengas información, vamos a intentarlo y, si no podemos encontrar buena información, busquemos ayuda en otras personas”.

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